Nadie escribe en los días buenos

Nadie escribe en los días buenos

17 septiembre, 2016 11 Por admin
Si están leyendo esto con el morbo de los detalles de los intentos de suicidio, lamento desilusionarlos, mi historia y las de las personas con depresión no la definen nuestros momentos de crisis, sino nuestros logros. Superarlos, vivir un día más para contar el cuento, en muchos casos en silencio, estigmatizados, acorralados, acusados de herejes e infieles y sin tratamiento alguno; esa es la verdadera historia que vale la pena contar.

Me abrí al mundo por varias razones, y aunque algunas eran altruistas,  la realidad es que la principal fue para pedir ayuda en un momento de crisis. No soy más fuerte que nadie. Yo también necesito palabras de aliento. 

Como dice mi amiga «H» (no la nombro por respeto a su privacidad); hay días buenos y días malos; yo creo que ambos hay que aprender a sobrevivirlos de igual forma. Los malos porque parecen ser eternos; y los buenos porque da miedo perderlos y al vivir con miedo uno se pasa  más tiempo preocupado por cuanto durarán, que disfrutándolos.

En mi caso; dice mi siquiatra, son las crisis amorosas las me llevan al peor de los límites, son los abandonos, las traiciones; dice que debe estar relacionado con mi niñez, pero aún trabajamos  en saber el porqué. Para otras personas serán los fracasos profesionales, la  ausencia de metas, problemas familiares o nada, es que no siempre hay una razón, si la hubiera quizás sería más sencillo solucionar el problema, pero como lo es todo, o es nada, se hace difícil; mas bien imposible, luchar contra un fantasma invisible.

Me casé a los 10 meses de jalar cuando tenía 21 años; y por supuesto juré que duraría por siempre; me divorcié a los 26. A esa edad me volví a reecontrar con mi primer amor, poco a poco, tratando de disfrutar cada segundo, solo para que la muerte me lo arrebatara sin aviso. No quiero lástima, todos tenemos historias y a cada uno nos afectan de manera distinta. Pero para mi, esos son algunos ejemplos de mis bajos más bajos, mis momentos más débiles, mis pérdidas más significativas. Han habido otras en las que he perdido mucho más que la ilusión, la salud o la energía; pero sigo en pie de lucha.

Este momento es para mi época de crisis; muchas cosas han sucedido en los últimos meses que me obligan a reinventarme a la patada, de una vez y sin derecho a cuestionarme nada.

Me cuesta levantarme en las mañanas.

A la fuerza me obligo a llamar a mis amigos, a mantenerme ocupada, busco actividades complejas y difíciles de hacer;  entre más tiempo dure en resolver los problemas de otros, menos tiempo tengo para pensar en los propios. Sin embargo, eso no ayuda en nada, eso aún deja las noches, los ratitos en el carro, las salas de espera, los amaneceres con frío. 

Me dijeron que puedo considerarme una sobreviviente, y yo pensé ¿hasta cuando? ¿por cuánto tiempo?, ¿No somos todos sobrevivientes hasta el día en que ya no? Que sobreviva hoy, no significa que lo lograré mañana. Por eso es que solo queda seguir intentándolo, así de simple me ha tocado responderle a algunas de las personas que me han escrito… «Si aún estamos aquí, es porque somos de los fuertes».

Una muchacha me escribió que había tomado la decisión de acabar con todo, que hasta fecha tenía cuando se encontró con mi blog. No la conozco, quizás nunca lo haré, lo único que puedo decirle es que se mantenga fuerte, que yo prometo dar la lucha todos los días y tomarla de la mano a la distancia para que juntas hagamos lo posible por mantenernos en pie. Primero hoy, despues mañana. 

Me preocupa un poco que la gente me pregunté qué he hecho, cada historia es tan diferente, como cada mente es distinta; yo no tengo respuestas, porque yo aún me estoy conociendo. Sigo perdiendo gente cercana cuando les hablo sobre esto, siguen sin entender y se alejan y me señalan  y me vuelven a abandonar porque les da miedo que finalmente algún día me decida a acabar con todo y que ellos se vean de alguna forma involucrados o culpados.

Lo único que puedo decirle a esas madres con hijos al borde del precipicio, es que los tomen de la mano, que los escuchen y que no los juzguen, nadie quiere sentirse mal, pero lamentablemente no hay un switch para apagar la mente. Yo tamién tengo días sumamente malos… 
Hoy me costó abrir los ojos más que ayer, entonces me puse las tenis y me fui a correr. 

Yo no he ganado la batalla, pero claramente tampoco la he perdido de manera definitiva, en mis días malos aún me cuesta levantarme en las mañanas y conciliar el sueño por las noches. A veces lloro desconsoladamente y por lo general me siento terriblemente perdida. El asunto es, que sea un día bueno o un día no tan bueno, la vida continúa; mi hija igual debe ir a la escuela, el trabajo no espera, el perro y el gato deben alimentarse, la casa debe limpiarse y así con la eterna lista de cosas que hacemos todos, día a día.

No es verdad que la depresión sea una enfermedad «clasista» como leí en uno de los comentarios en una de las notas que publicó un periódico. Que la gente con más necesidades económicas «no tiene tiempo para deprimirse» decían. Yo tampoco tengo tiempo; debo hacer mil cosas al día y las hago, eso no significa que no tenga una lucha interna, sobre mis motivaciones, sobre el porqué, sobre si debo si quiera intentarlo.

De las cosas que he leído en las pasadas semanas lo que más me impacta son la cantidad de personas que no tienen con quien hablar, que se sienten tan solas y desconsoladas porque su familia o amigos se rehúsan a darles el apoyo que necesitan o siquiera a escucharles. ¿A dónde ha llegado nuestra empatía como seres humanos que no podemos ni siquiera intentar ponernos en los zapatos del otro? Hay muchas cosas que no entiendo, y el campo de la medicina me es totalmente desconocido, pero eso no significa que no pueda tratar de entender cuando una persona enferma me diga; «me siento mal y necesito ayuda».

Aunque hoy quizás no sea uno de mis mejores días, sigo acá abriendo mi corazón para tratar de sanar las heridas y callar mi mente. 

Hoy me ha costado hacer todo un poco más que ayer, pero igual lo hago y le agrego una sonrisa para tratar de engañar al cerebro.  

Cada día es una bendición y cada momento, una experiencia